22 enero 2006

Invierno


Tomar el destino con la manos para vómitar el trazo irregular del pasado.
Las decisiones se mantienen en el limbo y quizás no vuelva a despertar.
Destino perdona por haberte tenido encerrado tanto tiempo.





Visceral
Alyssa Monks
2003

20 enero 2006

En el mar la vida es... Larguémonos de aquí


Información Actualizada

DESTINO: Chacahua
SALIDA: Jueves 26 de enero antes del anochecer

Llegariamos a Puerto Escondido y de ahi en aventón a las Lagunas de Chacahua.

Es justo y necesario.
No hay excusa que valga

También podrán comunicarse con Peligro Resucitado y Niño Machete

17 enero 2006

Perra injusta

- Hola
- …
- ¿Estás enojada?
- Es sólo que casi no nos vemos y las veces que lo hacemos, como hoy, llegas tarde
- Fuiste tu quien decidió no verme
- Claro. No importa

Acaricié tu barba y miré tus ojos color ámbar. Me acerque a tu cuello para robarme tu olor.

- ¿Qué has hecho? Regresaste hace una semana ¿no?

Creo que asentí con la cabeza y te conteste con la voz quebrada

- Bueno, pues salí con mis amigos, ¿te acuerdas del Río de la Plata? Pues fui el viernes y estuvo chido porque fue el primer encuentro del año con la banda.
- ...
- ¿Y tú?
- Pensar. Laura ¿Qué es lo qué más te gusta? Digo, recuerdo que te hice esta pregunta la primera vez que hicimos el amor y tú contestaste que era muy pronto para hacerla

En ese momento pensé que era demasiado tarde. Te bese y hui, nuevamente.

Duelo

Para Peligro

Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik, 24 de junio de 1966

Hace dos días ocurrió aquí en Saigón una cosa nimia y horrible a la vez. Aurora oyó un gran golpe en el cristal de la ventana que mira hacia los valles, y me llamó asustada. Yo comprendí enseguida lo sucedido, aunque jamás había sucedido antes; fue una especie de conocimiento previo al conocimiento. “Es un pájaro”, le dije, y me bastó asomarme para verlo muerto en el césped. Era uno de esos pajaritos muy hermosos que hay por aquí y que llaman grives. Cuando lo levanté, caliente y sin la menor huella del golpe, con los ojos abiertos y todavía una apariencia de respiración (luego vi que era la brisa que levantaba un poco el plumón del buche) sentí que de alguna manera la muerte no estaba allí presente como hubiera podido estarlo, en su forma más abominable, si ese pájaro hubiera sido atrapado por un gato o por una perdigonada que lo hubiese desangrado lentamente. Pensé en lo sucedido: un pájaro que vuela con toda su juventud y su fuerza, que se estrella contra un cristal que no ha sospechado (sin duda algún reflejo en el interior de la casa le hizo suponer que podía seguir adelante) y que muere instantáneamente, fulminado por el golpe. Pero eso, no saber y no sentir, pasar del todo a la nada sin saberlo ni sentirlo, ¿puede ser la muerte? Para los testigos sí, pero no para el pájaro, ni tampoco para un hombre al que se le cae encima un muro. Ahí está todo: darse cuenta y sufrir, o estar enfermo y sufrir, o ser condenado a muerte y esperar, es decir, sufrir. Yo, que me he pasado la vida atado a la ilusión de vencer a la muerte, de que los hombres lleguen alguna vez a derrotarla del todo (y no por vías escatológicas, que no es sino una aparente solución) me di cuenta en ese momento, mientras el pájaro empezaba a enfriarse en mi mano, que si llegáramos a acercarnos a la muerte cada vez más, a adherirnos a ella privándola de sus armas favoritas, el tiempo y el dolor, el conocimiento y el dolor, acabaríamos por vencerla. ¿Qué le queda a la muerte si no se hace presente en el que muere… antes? Quizá sea esa destrucción previa la que acaba con nosotros , nos priva de las armas que nos hubieran permitido pasar de un estado a otro, de un plano a otro, sin perder lo mejor de nosotros mismos. Aquí el Vedanta ha visto más hondo que nadie, al destruir la noción de la “identidad individual”, que engendra el dolor, el tiempo, la muerte misma, definida por el diccionario. Si lográramos privar a la muerte de lo que nosotros mismos le hemos dado siempre, si la redujéramos a ese golpe instantáneo contra un cristal, yo creo que ya no habría cristal ni golpe salvo para los espectadores externos, y que nuestra esencia se mantendría inalterable al franquear la destrucción del cuerpo.

Ignacio Solares, Imagen de Julio Cortázar, UNAM, México, 2002.