18 junio 2010

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Les perdono la conferencia que montaron los dos jóvenes socráticos. Quiero hablar de otra cosa. No hace mucho cogí en París un taxi desde un extremo a otro de la ciudad y el taxista se puso a charlar. No puede dormir en la noche. Padece de insomnio. Eso le ocurrió durante la guerra. Era marinero. A su barco lo hundieron. Nado tres días y tres noches. Al final lo salvaron. Pasó varios meses entre la vida y la muerte. Se curó, pero perdió el sueño.
   -Tengo un tercio de vida más que usted- sonrió
   -¿Y qué hace con ese tercio que tiene de más?- le pregunté.
   -Escribo - dijo.
   Le pregunté qué era lo que escribía.
   Escribe sobre su vida. La historia de un hombre que nado tres días en el mar, luchó con la muerte, perdió el sueño pero conservó las ganas de vivir.
   -¿Y lo escribe usted para sus hijos? ¿Cómo una crónica de la familia?
   Sonrió amargamente:
   - A mis hijos no les interesaría. Lo escribo como un libro. Creo que podría servirle a mucha gente.
   La conversación con el taxista me esclareció de repente la esencia de la actividad literaria. Escribimos libros porque nuestros hijos no se interesan por nosotros. Nos dirigimos a un mundo anónimo porque nuestra mujer se tapa los oídos cuando le hablamos.
   Ustedes dirán que en el caso del taxista se trata de un grafómano y no de un escritor. Primero tenemos que aclarar los conceptos. Una mujer que le escribe a su amante cuatro cartas diarias no es un grafómano sino una mujer enamorada. Pero mi amigo, que saca fotocopias de su correspondencia amorosa para editarla un día, es un grafómano. La grafomanía no es el deseo de escribir cartas, diarios, crónicas de familia (esto es, escribir para uno mismo y para quienes le rodean), sino de escribir libros (es decir, de tener un público de lectores desconocidos). En este sentido la pasión del taxista y la de Goethe son iguales. Lo que diferencia a Goethe del taxista no es una pasión distinta sino un resultado distinto de la misma pasión. La grafomanía (la manía de escribir libros) se convierte fatalmente en una epidemia masiva cuando el desarrollo de la sociedad adquiere tres características básicas:
1) un alto nivel de bienestar general que permite a la gente dedicarse a una actividad improductiva;
2) una elevada proporción de atomización de la vida social de la que se deriva la soledad generalizada de los individuos;
3) una escasez radical de grandes cambios sociales en la vida interior de la nación. (Desde este punto de vista me parece característico que en Francia, donde en conjunto no pasa nada, el porcentaje de escritores sea veintiuna veces superior al de Israel. Por lo demás, Bibi se expresó con precisión cuando dijo que visto desde fuera no le había ocurrido nada. Es precisamente esa falta de contenido vital, ese vacío, el motor que la obliga a escribir.)
   Pero el efecto revierte sobre la causa. La soledad generalizada produce la grafomanía, pero la grafomanía masiva al mismo tiempo confirma y aumenta la soledad general. El descubrimiento de la imprenta hizo posible en otros tiempos que la humanidad se entendiese mutuamente. En la época de la grafomanía generalizada la escritura de libros adquiere el sentido contrario: cada uno está cercado por sus letras como por una pared de espejos que no puede ser traspasada por ninguna voz del exterior.

Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido, Seix Barral