Hay naturalezas puramente contemplativas y absolutamente ineptas para la acción, pero que, sin embargo, bajo un misterioso y desconocido impulso, actúan en ocasiones con una rapidez de la que ni ellos mismos se creerían capaces. Por ejemplo, quien temiendo que su portero le dé una mala noticia, ronda cobardemente durante una hora ante su puerta sin atreverse a entrar; o quien se guarda durante quince días una carta sin abrirla, o no se resigna sino al cabo de seis meses a hacer una operación necesaria desde hacía un año, se sienten, a veces, como flecha de un arco, bruscamente precipitados a la acción por una fuerza irresistible. El moralista y el médico, que creen saberlo todo, no pueden explicar de dónde les viene con tal rapidez una energía tan loca a esas almas perezosas y voluptuosas, ni cómo resulta posible que, siendo incapaces de llevar a cabo las cosas más nimias y necesarias, encuentren en un momento un valor de lujo para ejecutar los actos más absurdos, y, a menudo,...