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Sobre el Lobo estepario de Hermann Hesse

Debo admitir que de no ser una lectura necesaria para el estudio de la novela moderna jamás, o al menos eso creo, la hubiera intentado leer de nuevo. La novela se compone de tres partes: la primera, es la introducción escrita por un desconocido del que nada sabemos, salvo que es un buen ciudadano con costumbres burguesas,  una persona ordinaria que no gusta de las complicaciones, vive en armonía con su espíritu puesto que ha decidido no oscilar entre los extremos del vicio o la santidad y mantenerse en el centro de la estabilidad, también aburrimiento -pero esto es algo que él mismo no se cuestiona-, entonces, ¿qué de importante tiene reparar en este personaje del cual jamás se escribirá una novela? (O quizás sí, si se convirtiera en cucaracha), acaso la única razón es la de ser el sobrino de la casera de Harry Haller (el protagonista de esta historia), con quien entabló cierta amistad. De tan íntimo, el escrito recuerda al género epistolar, a través del cual nos acercamos a la existencia, la realidad, de nuestro sufrido héroe, visto a través de la mirada de un hombre sano.
     La segunda parte es la historia que de sí mismo escribe Harry Haller, hombre de costumbres hurañas, casi un misántropo, anclado a la sociedad por la predisposición que tiene a la comodidad prometida en toda casa que se precie de tener valores burgueses. De entrada, observamos que Haller es un hombre insatisfecho, hastiado incluso de esa misma comodidad a la que recurre para recordar que no pertenece a esos aromas y calores de lo que comúnmente llamamos hogar y que, al mismo tiempo, repudia por la suficiencia de sus rutinas, por la mediocridad de su espíritu: 
Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de precauciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas.*
En este tipo de reflexiones se encuentra el lobo estepario cuando en una de sus correrías nocturnas llega a sus manos el Tractat del Lobo estepario (No para cualquiera) y que constituye la tercera parte que compone el libro. De éste no sólo diremos que es exasperante por el escrutinio irritante del yo. Sé bien que no es el propio Haller quien lo hace, no obstante, nadie mejor que él pudo hacer esa indagación de su propia alma, además ¿quién no ha jugado con este recurso literario al examinarse a sí mismo aunque duela hasta el tuétano? Todo el tiempo me resultó chocante este reconocimiento sin tregua, en el que el hombre se divorcia de la acción para entregarse al pensamiento con la necesidad imperiosa de explicarlo todo y en el que descansan algunos de los grandes temas del alma alemana: la unidad espiritual, el doble y la multiplicidad, el retorno a la Madre Naturaleza vuelto suicidio y que pone en diálogo a autores como Novalis, Goethe, Nerval, Stevenson. Es chocante, pero necesario, el espíritu moderno experimenta una constante duda respecto a sus valores en una realidad que no se ajusta a ellos. Así como Harry Haller o Hermann Hesse experimentaron la transición entre lo antiguo y lo moderno, ahora a nosotros nos toca vivir la transición entre lo moderno y lo posmoderno. Por supuesto que algunas cosas han cambiado y por eso la exigencia de nombrar a esta “nueva era”, empero hay algunas dudas que perduran en nuestra alma colmada de contradicciones. Ahora ya no nos debatimos entre si la música de moda es una aberración y la música llamada clásica verdadera música. Hoy alguien en el metro puede ir escuchando a Sidney Bechet en su walkman mientras un vendedor ambulante de música pirata ofrece “lo mejor de la música clásica en un solo disco: Tchaikovski, Bach, Vivaldi”. Es verdad que ya no experimentamos esa nostalgia por el pasado que está a punto de extinguirse para siempre. No obstante, la guerra en contra de la que está el lobo estepario aún existe; el vacío que deviene de descubrir lo superfluo en la naturaleza humana aún causa dolor y el sentido del futuro que para HH lo único que merece es una navaja de afeitar, para nosotros se ha poblado de catástrofes naturales y apocalipsis zombies. No somos tan diferentes. 
Antes de llegar a la tercera parte del libro, y a propósito de éste, iba cavilando mientras caminaba en que lo único que podría salvarnos del presente es el golpe de lo inesperado, para bien o para mal: un accidente. Algo que cambiara nuestra vida para siempre, que de esta forma le diera sentido. Así, después de mi enfado por el tractat me vino un soplo de aliento cuando el destino le presenta a Armanda, su hermana espiritual (otra idea cara para los alemanes) y quien tiene la misión de salvarlo, esto es, de enseñarle a vivir.  De esta suerte, tal vez no sólo se trate de conocernos a nosotros mismos, de profundizar en nosotros tanto como nos sea posible, sino de aprender a amar la vida con todo y sus disonancias. Intentar reconstruirnos con nuestros múltiples yos las veces que sean necesarias. 


*HESSE, Hermann, Lobo estepario, México, Compañía general de ediciones, 1956, p.39

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